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Tortura en México: luz internacional, oscuridad nacional

Martes 27 Noviembre 2012

Que la práctica de la tortura en México es sistemática (por orden u omisión del Estado) lo sabemos los ciudadanos y lo sabe la propia ONU. Cada uno lo cuenta en su propio lenguaje.


“En una competencia internacional para determinar la calidad investigativa de sus policías, se reúnen en la profundidad de la selva el equipo británico, el equipo estadounidense y el equipo mexicano. La prueba consiste en soltar a un pequeño ratón y contar el tiempo en que los investigadores policiacos son capaces de localizarlo y traerlo de vuelta…  los primeros en actuar son los enviados británicos de Scotland Yard, que logran capturar al roedor en apenas 2 horas; viene después el turno del equipo estadounidense, cuyos policías investigadores del FBI tardan apenas una hora en traer a la presa de vuelta. Finalmente, entran en acción los policías mexicanos, conformados por un numeroso equipo de diversas corporaciones y distintos rangos. Para sorpresa de todos, éstos vuelven en apenas media hora; sin duda, un tiempo récord. Pero en lugar del ratón soltado para la prueba, traen con ellos a un elefante con claras muestras de maltrato físico. –Pero ¿Qué es esto?- Preguntan desconcertados los organizadores de la competencia policiaca- ¡Esto es un elefante!- El propio paquidermo los interrumpe, y grita desesperado para evitar más golpes del equipo mexicano: ¡No, yo soy el ratón, soy el ratón, que buscan, lo juro!”     

Evidentemente, el párrafo anterior es un chiste popular; un chiste antiguo además, cuyas versiones apenas si han variado con el tiempo, pero que hace mucho se cuenta una y otra vez para ejemplificar, con sorna, ‘la celeridad’ y sobre todo ‘los métodos’, al parecer también muy antiguos, de nuestra flamante policía mexicana y sus dotes para la investigación.

Lo traigo hoy a cuento, porque el humor que está en la superficie de un pueblo, suele ser uno de los mejores termómetros para medir lo que subyace en la realidad profunda de una sociedad. Y este ‘chiste’ nos habla precisamente de una realidad que México, muy a su pesar, ha venido aceptando por mucho tiempo: Si, la tortura en nuestro país como ‘método investigativo’, es una vieja costumbre de nuestras –muchas, quizá demasiadas y poco eficaces-  policías. Negarlo sería casi de risa, aunque la situación es, qué duda cabe, sumamente triste e indignante.

El pasado 23 de Noviembre, el Comité contra la Tortura (Committee Against Torture) CAT, por sus siglas en inglés, dio a conocer de manera oficial, las recomendaciones para México. Este órgano de 10 expertos independientes, que por llamamiento de la ONU supervisa la aplicación de la Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes entre los países firmantes, revisó la actuación mexicana durante su 49 Sesión celebrada en Ginebra, Suiza a partir del 28 de Octubre y hasta el mismo 23 de Noviembre, fecha en que el Estado Mexicano recibió la ‘respuesta diplomática’, pero contundente, de los representantes internacionales en este muy escambroso ámbito.

“Me empezó a golpear, me daba patadas y me decía ‘ya güey, de todos modos podemos tenerte aquí cuanto queramos; si quiero te mato, al cabo que nadie vio cuando te trajimos’. Me puso la bolsa y me empezó a dar toques en la espalda, en los pies… me desmayé”.

 

Desde luego, la declaración no es un chiste, y tampoco es antigua. Son las palabras de Israel Arzate, detenido, o mejor dicho ‘secuestrado’ en Ciudad Juárez, Chihuahua por elementos del ejército en Febrero de 2010.

En octubre de 2012, su caso fue expuesto en Suiza con un detallado informe que, de manera independiente, presentaron ante los expertos de la ONU diversas organizaciones civiles mexicanas, respaldadas por la Organización Mundial contra la Tortura (OMCT) , hoy por hoy la principal coalición internacional de ONG’s que luchan contra toda forma de tratos vejatorios, ejecuciones sumarias, desapariciones forzadas y cualquier otro comportamiento cruel, inhumano y degradante.

Pero igual que el macabro chiste del elefante, el destino de Israel Arzate es paradigmático: un termómetro que evalúa la gravedad de esta enfermedad crónica mexicana llamada tortura. No en vano, el de Arzate es uno de los pocos casos individuales analizados en Ginebra, pues el expediente muestra con claridad las faltas más graves que fueron señaladas a México por los expertos de la ONU.

Detenciones arbitrarias, dudosas actuaciones del ejército y policías varias, desapariciones forzadas, tortura física y psicológica, y la muy (muy) criticada figura del arraigo, que a pesar de la Reforma en materia penal hecha por México en 2008, la mantiene elevada a rango constitucional, contraviniendo así, todas las leyes de defensa de los Derechos Humanos nacionales e internacionales.

Éstas son las recomendaciones que ya se esperaban por parte de los miembros del CAT al Estado Mexicano; y como en el juego de la diplomacia hay siempre muy pocas sorpresas, también la respuesta oficial de México era predecible: fue como siempre, una respuesta impecable. Impecable y engañosa. Llena de subterfugios y palabras amables, tal como exige la ‘real-politik’.

La Convención contra la Tortura y Otros Tratos o Penas Crueles, Inhumanos o Degradantes entró en vigor desde 1987. México la firmó y la ratificó de inmediato, igual que ha hecho con prácticamente todos los Mecanismos Internacionales relativos a los Derechos Humanos. Porque en la vida, como en la diplomacia, el ‘prometer no empobrece’, y ante los ojos del mundo, la sagacidad de los funcionarios mexicanos es, simplemente, brillante.

La gran oscuridad mexicana sin embargo, está en casa y de manera histórica, aunque la actual situación para los ciudadanos ya no está para más bromas: a finales de 2011, la Procuraduría General de la República reportaba que entre 2008 y 2011 había un promedio de 1,640 personas arraigadas; en mayo de 2012, la cifra aumentó a 7,775. Por su parte, la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH) ha venido documentando decenas de casos de personas civiles, policías y militares detenidos de forma arbitraria y llevados a instalaciones del ejército, a hoteles y a hasta casas particulares para ser ‘arraigadas e interrogadas’… lo demás, ya lo cuenta el viejo y conocido chiste del elefante.

Que la práctica de la tortura en México es sistemática (por orden u omisión del Estado) lo sabemos los ciudadanos y lo sabe la propia ONU. Cada uno lo cuenta en su propio lenguaje. También lo saben los diplomáticos mexicanos, cuya impecable actuación hace brillar a nuestro país en las arenas internacionales. Ésa no es la cuestión.

La verdadera cuestión es, precisamente, que el problema de la tortura en México ‘aquí adentro’ tiene las dimensiones de un elefante, y se le quiere hacer pasar ‘allá afuera’ por el minúsculo tamaño de un ratón. Y así, mientras los ciudadanos seguimos riendo el chiste, y los diplomáticos y los funcionarios siguen simulando el respeto a la vida y a los Derechos Humanos, la mala broma, la de la realidad con su verdad de luz y sombra, amenaza seriamente con aplastarnos.




Cristina Ávila-Zesatti: Es periodista y consultora, especializada en temas internacionales y en el llamado ‘Periodismo de Paz’. Fundadora y editora general del medio digital “Corresponsal de Paz” centrado en este enfoque.

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