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Disparos que no cicatrizan

Sábado 27 Octubre 2012

En lo que va de 2012, ha habido ya seis tiroteos con 110 muertos y heridos en Estados Unidos, pero las leyes que regulan el control de armas se siguen relajando. Los dos candidatos a la presidencia optan por pasar de puntillas sobre el problema



Carolyn Mears nunca pensó que se dedicaría a asesorar a las víctimas de tiroteos de masas, pero el 20 de abril de 1999 su vida dio un giro dramático. Su hijo, que por entonces tenía 15 años, acababa de llegar a la cafetería del instituto cuando oyó disparos en la biblioteca donde había estado hacía unos minutos. Con otras 15 personas se escondió en un angosto almacén de la cocina y allí pasó las tres horas siguientes conjurándose para que no lo encontraran. Cuando la policía lo rescató, habían muerto un profesor y 12 estudiantes, incluido uno de sus mejores amigos, con el que había estado estudiando ese día en la biblioteca.

Aquella tragedia en el instituto de Columbine, perpetrada por dos estudiantes, cambió para siempre la vida del pequeño pueblo de Littleton (Colorado). «La gente dejó de sentirse segura, como si la tierra bajo sus pies no dejara de moverse. Incredulidad, dolor, hipervigilancia, una serie de traumas emocionales que se fueron agudizando con los meses» , explica Mears, que, desde entonces, se ha dedicado a estudiar el estrés postraumático y a ayudar otras víctimas, no solo de Columbine, sino también de Virginia Tech, Tucson o Aurora. Solo este año ha habido seis tiroteos en EEUU con más de cuatro fallecidos, saldados con una cifra récord de 110 muertos y heridos.

A pesar de ello, el tema está pasando de puntillas en la campaña presidencial. Apareció en el segundo debate, pero tanto el presidente Barack Obama como Mitt Romney reafirmaron su apoyo a la segunda enmienda, que garantiza el derecho de la ciudadanía a poseer armas. Solo Obama sugirió su apoyo para renovar la prohibición de los fusiles de asalto, que expiró en el 2004, pero no se comprometió a nada.

En Littleton, algunas familias han rehecho sus vidas 13 años después de la masacre; otras no. Al duelo inicial, le siguió una lenta corrosión del tejido social del pueblo. Divorcios, alcoholismo, drogas, fracaso escolar y una espiral de culpa y recriminaciones en el vecindario. «Mucha gente perdió el sentido de pertenencia. Había rabia, y aún la hay, se culpa al instituto, la policía, los profesores, los padres» , dice Mears.

Olvidar lo antes posible

Heather Egeland escapó a la matanza ocultándose en un despacho al lado de la biblioteca. «Yo me aparté de mi madre y de muchos de mis amigos. Solo quería estar con gente que hubiera pasado por lo mismo que yo» , cuenta en un café de Denver. Como muchos supervivientes de Columbine, ha elegido una profesión con la que puede ayudar a otros. Ella es profesora, otros son médicos, militares, policías o bomberos. Y algunos se han puesto ahora al servicio de las víctimas del reciente tiroteo en el cine de la vecina Aurora mientras se proyectaba Batman .

Una vez al mes se reúnen con ellos para contarles cómo lograron normalizar sus vidas. «Lo único que quieres es olvidar cuanto antes lo sucedido hasta que te das cuenta de que solo huyes. Yo no fui al psiquiatra hasta los 26 años» , dice Zacha Cortaya, su socio en el proyecto.

Aunque la clase política no está teniendo coraje para enfrentarse al lobby de las armas o jugarse el voto de los millones de estadounidenses que duermen con la Colt en la mesilla de noche, se podría pensar que al menos en el ámbito estatal se han endurecido las leyes que regulan el control de armas. Pero ha ocurrido lo contrario. En los últimos cuatro años se han aprobado 99 leyes en 30 estados para relajarlas, según la revista Mother Jones .

En ocho estados se puede tomar copas en los bares con una pistola en el cinto. Otros cinco, incluido Colorado, permiten ir armado en los campus universitarios. Y en Kansas hasta se puede entrar con ellas en los colegios de primaria si se tiene una licencia para llevar una pistola oculta. La teoría de los defensores de la segunda enmienda es que cuanto más gente vaya armada, más posibilidades habrá para abatir a los asesinos.

Ideas como esta están tan interiorizadas, especialmente en los estados frontera del oeste, que ni siquiera en Columbine ha habido una reacción generalizada contra las armas. Tom Mauser fue de los pocos que se hizo activista después de perder a su hijo de 15 años en el instituto. « En lugar de culpar a las armas, muchos culpan solo a las personas. Son como cualquier otro estadounidense y yo los respeto» , dice. «Tratan la segunda enmienda como si fuera un derecho absoluto, cuando, por culpa de ella, se están restringiendo otros derechos fundamentales como el derecho a la vida», asegura en una entrevista telefónica.




   
* Ricardo Mir de Francia
es Corresponsal en Washington para El Periódico de Catalunya,
      en donde este artículo fue publicado originalmente por el autor    

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